Comienzo de la imaginación – Las hijas de Tara
Kurt caminaba por
un terreno yermo y baldío, envuelto en húmedas nieblas fantasmales que se
cerraban sobre él y se adherían a su piel como si se tratase de manos
espectrales que intentaran atraparlo con sus dedos ganchudos y pegajosos. Andaba encorvado, con dificultad, casi
arrastrándose, con sus últimas fuerzas. Ya hacía días que había escapado de
aquella aldea del lejano oeste. Había
llegado a los bosques tropicales de las costas caribeñas. No encontraba agua y
no comía desde mucho antes de escaparse de la aldea. Solo tenía la esperanza de
encontrar una mísera gota de agua o a alguien que lo llevara a un
pueblecillo. Pero nada, no encontraba
nada ni a nadie. Diez días llevaba sin beber ni comer, cuando
encontró un riachuelo pasar por delante de sus ojos. Un rio de agua cristalina
de la que bebió sin investigar si era potable. Al beber de allí, su cuerpo se
llenó de energía. También encontró unos frutos, pero de estos si que comprobó
si eran comestibles o no, ya que podían ser venenosos, y en su estado bajo en
defensas, sería el fin.De pronto y sin
esperárselo, se encontró cara a cara con una persona de piel oscura con un arma
en las manos. Era una persona de pelo negro y medio largo, bajito y descalzo,
sin ropas excepto un tapa rabos. Un indígena.
Kurt levantó las manos instintivamente a la vez que el extraño personaje
le apuntaba a la cabeza con su arco.Había despertado
por fin. Le pareció que había dormido poco tiempo, pero ya tenía una larga
barba. Se encontró en una jaula, otra vez, aprisionado. ¡No se lo podía creer! ¡Tanto camino, tantos
días sin alimentarse para eso! Pero de
golpe encontró junto a él un bol de
comida que parecía una especie de puré casero. Después de
devorarlo sin pensárselo gritó:-
- ¡Sacadme
de aquí! ¡Por favor, sacadme de aquí!
Otra vez volvía a
quedarse solo en un lugar desconocido.
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