divendres, 28 de febrer del 2014

Comienzo de la imaginación – Las hijas de Tara



 Kurt caminaba por un terreno yermo y baldío, envuelto en húmedas nieblas fantasmales que se cerraban sobre él y se adherían a su piel como si se tratase de manos espectrales que intentaran atraparlo con sus dedos ganchudos y pegajosos.  Andaba encorvado, con dificultad, casi arrastrándose, con sus últimas fuerzas. Ya hacía días que había escapado de aquella aldea del lejano oeste.  Había llegado a los bosques tropicales de las costas caribeñas. No encontraba agua y no comía desde mucho antes de escaparse de la aldea. Solo tenía la esperanza de encontrar una mísera gota de agua o a alguien que lo llevara a un pueblecillo.  Pero nada, no encontraba nada ni a nadie.  Diez días llevaba sin beber ni comer, cuando encontró un riachuelo pasar por delante de sus ojos. Un rio de agua cristalina de la que bebió sin investigar si era potable. Al beber de allí, su cuerpo se llenó de energía. También encontró unos frutos, pero de estos si que comprobó si eran comestibles o no, ya que podían ser venenosos, y en su estado bajo en defensas, sería el fin.De pronto y sin esperárselo, se encontró cara a cara con una persona de piel oscura con un arma en las manos. Era una persona de pelo negro y medio largo, bajito y descalzo, sin ropas excepto un tapa rabos. Un indígena.  Kurt levantó las manos instintivamente a la vez que el extraño personaje le apuntaba a la cabeza con su arco.Había despertado por fin. Le pareció que había dormido poco tiempo, pero ya tenía una larga barba. Se encontró en una jaula, otra vez, aprisionado.  ¡No se lo podía creer! ¡Tanto camino, tantos días sin alimentarse para eso!  Pero de golpe encontró  junto a él un bol de comida que parecía una especie de puré casero. Después de devorarlo sin pensárselo gritó:-       

   -   ¡Sacadme de aquí! ¡Por favor,  sacadme de aquí!
Otra vez volvía a quedarse solo en un lugar desconocido.

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