Se encontraban en el barco cuando les atacaron. No lo
esperaban, estaban tan tranquilos bebiéndose una buena jarra de ron y de golpe
les asaltaron.
<<Maldita niñata, le encargue que preparara los
cañones, las armas y el timón, pero no me ha hecho ni caso. En cuanto me ayude
a vencerlos y a conseguir el maldito tesoro que he estado buscarme la hecho a
los tiburones sin pensarlo>> pensó el capitán Kimo con su duro carácter.
-
¡¿Niñata, es que no ves que nos atacan por la proa?!
¡Espabilaaaa!
-
¡Si mi capitán!
<<Maldito estúpido, no sé porque sigo ayudándole, si yo
sola puedo viajar a mi tierra sin su ayuda. Pero esta tan solo en el mundo que
no podría abandonarlo así como así. Si por lo menos me cuidara o mostrara un
poco de afecto hacia mí, no tendría mis dudas sobre quedarme o no…>>
pensaba Zeyko.
Lucharon contra los asaltantes con todas sus fuerzas, sus
últimas fuerzas, junto al resto de la tripulación. Al final consiguieron echar
a esos desmadrados del barco y huyeron, los dos que quedaban.
Celebraron toda la noche aquella victoria con vino, ron,
jabalí asado, frutas tropicales y otros manjares, los mejores para el capitán
por supuesto. Todos reían y bebían y comían, pero entre el capitán y Zeyko solo
hubo miradas de rencor y odio, así que al ver eso, Zeyko cogió una de las
barcas cuando todos dormían, recogió sus escasas pertenencias, y se marchó en
busca de la isla de la cual provenía.
El capitán despertó y se puso en rumbo como cada día. Cuando
no vio a Zeyko en todo el día, no paró de navegar hasta encontrarla. Buscó y
buscó pero no encontró nada.
En ese momento de su vida nada le parecía tener sentido ya,
así que asigno al segundo de abordo como capitán y por la noche se lanzó al
mar, sin barca ni ningún tipo de pieza flotante. Murió, nadie sabe cómo, pero
nunca se supo nada más de él, después de
su inesperado salto a la deriva.
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